
Cuando las familias potenciales visitan la Escuela de Guadalupe, una pregunta surge una y otra vez: ¿Se quedan los profesores? Es una pregunta importante. Para muchos padres, la permanencia de los profesores es una ventana a la cultura de la escuela. ¿Se sienten apoyados los profesores? ¿Es la misión de la escuela algo más que palabras en una pared?
En Escuela, la respuesta habla por sí sola.
Más de la mitad del personal docente lleva en la Escuela más de una década. Varios han enseñado aquí durante casi 20 años, lo que indica una tasa muy baja de rotación de profesores a los futuros padres.
Para Sandra García, Directora de Admisiones y Ayuda Financiera, esta longevidad es personal. "Mi hijo está ahora en el penúltimo año de la universidad", dice. "Y muchos de sus profesores de primaria y secundaria siguen aquí. Ese tipo de retención de profesores es poco frecuente".
También lo sienten profundamente las familias.
"Nuestros padres saben que queremos que sus hijos tengan éxito", dice la profesora de tercer curso Sandra Reese, que lleva 19 años en la Escuela. "Lo sienten. Lo creen. Y esa confianza -su confianza- es lo que me hace volver".

Sandra Reese: Una comunidad que la llevó en volandas
Sandra Reese empezó a enseñar en la Escuela de Guadalupe en el año 2000, justo un año después de que la escuela abriera sus puertas. Pero dos años más tarde, su vida cambió profundamente. En 2002, su hijo Sebastián nació con una cardiopatía congénita y fue ingresado en la UCIN.
Un momento de aquella época todavía la deja sin aliento. El padre Tom Prag, sacerdote jesuita y cofundador de la Escuela, llegó a la UCIN para bautizar a Sebastián. Hasta ese momento, Sebastián nunca había abierto los ojos.
"Y entonces, cuando llegó el padre Tom", dice Sandra, "Sebastian los abrió. Parecía que estaba esperando".
Los planes de Sandra de seguir enseñando se vieron de repente desbordados por los cuidados que Sebastián requería las 24 horas del día.
"No dormía. Había que darle de comer cada hora a través de una máquina", recuerda.
Así que tuvo que dejar la Escuela para cuidar de Sebastián a tiempo completo, pero Sandra siempre supo que quería que asistiera a la escuela que había dado forma a sus primeros años como maestra. Cuando regresó cinco años más tarde para matricular a Sebastián en la guardería, el personal se acordó de ella y le ofreció un trabajo en el acto.
"Sentí que estaba destinada a estar aquí", dice Sandra.
A lo largo de los años, Sandra ha trabajado como tutora de alfabetización, directora de apoyo a graduados, profesora de religión y habilidades para la vida en secundaria y, ahora, profesora de tercer grado. En el camino, crió a dos hijos como madre soltera, apoyó a su propia madre durante el tratamiento contra el cáncer, y obtuvo su título de la Universidad de Regis. Escuela, dice, nunca ha sido sólo un lugar de trabajo.
"Me apoyaron en todo: en las operaciones de Sebastian, en mis estudios, en los momentos difíciles de mi familia. Esto es más que una escuela. Es mi familia extendida".
Las familias a las que atiende sienten profundamente su compromiso con la Escuela.
"Creo que nuestros padres sienten de verdad que queremos que sus hijos tengan éxito", dice. "Nos invitan a quinceañeras, graduaciones, bodas y, a veces, nos piden que asistamos a funerales. Así de unidos nos volvemos".
Cuando se le pregunta por qué cree que la retención de profesores es tan alta en Escuela, Sandra no duda. "Sigues ampliando tu familia. Estos niños se convierten en parte de ti. Quieres que crezcan, que prosperen, que se conviertan en el tipo de persona que trae luz a su familia y a su comunidad. Eso es lo que me mantiene aquí".


Cristina Guerrero: Enraizada en dos mundos
Cristina Guerrero siempre supo que quería enseñar. "Desde niña jugaba a la escuela con mis muñecas y peluches", se ríe. "Ya entonces sabía que esto era lo que estaba destinada a hacer".
Originaria de México, Cristina llegó a Estados Unidos cuando tenía ocho años. Fue una experiencia traumática que cambió para siempre su forma de entender la educación y el idioma.
"Me pusieron en una clase de inglés y fue duro", recuerda. "No entendía lo que pasaba. Me sentía perdida".
Esa experiencia es parte de lo que alimenta su pasión hoy como una de las profesoras de jardín de infancia de Escuela. Se incorporó a la escuela hace 11 años como tutora, trabajando con alumnos que necesitaban apoyo adicional. Con el tiempo, se convirtió en profesora de guardería a tiempo completo, puesto que ocupa desde hace nueve años.
"Me quedo porque creo en lo que hacemos aquí", dice. "Ser capaz de enseñar a un niño en su lengua materna les da confianza. Les da respeto. Les dice: 'Este es tu sitio'".
Cristina ve la Escuela como algo más que una escuela: es un puente entre culturas, un lugar donde la tradición y la excelencia académica van de la mano.
"En muchos sentidos, esta escuela me recuerda a México: las celebraciones, la cercanía, el sentido de comunidad. Y quiero que mi hijo también experimente eso".
Su hijo, que ahora cursa segundo de primaria en la Escuela, crece bilingüe y bicultural, igual que los alumnos a los que enseña cada día. "Conozco esta comunidad. Conozco a estas familias. Me siento profundamente conectada".


Sharon Foster: Una misión compartida = Retención del profesorado
Sharon Foster ha trabajado en la Escuela durante 17 años y ha llevado muchos sombreros: Tutora del Título I, entrenadora de alfabetización, profesora de matemáticas de secundaria, especialista en medios de comunicación, profesora de primer y segundo grado y ahora, una vez más, tutora del Título I.
Durante este tiempo, se ha casado y ha tenido una hija, Ruby, que ahora cursa el primer curso en la Escuela.
Sharon ha visto evolucionar la escuela, pero una cosa ha permanecido constante: el compromiso inquebrantable con su misión.
"Aquí se respira una libertad poco frecuente", dice. "Todo el mundo en la Escuela se ha comprometido de verdad con la misión. No seguimos órdenes de una gran burocracia, sino que nos preguntamos cada día qué es lo mejor para este niño".
Esa flexibilidad, dice Sharon, es lo que permite a los profesores ir al encuentro de cada alumno. "Podemos ajustar nuestros esfuerzos a cada niño, no a un sistema rígido. Si un alumno necesita un enfoque diferente, tenemos el espacio y el apoyo para probarlo".
Para Sharon, ese alineamiento con la misión crea una cultura que mejora la retención de los profesores. "Aquí todo el mundo tira en la misma dirección, por el bien de los niños".


Maribel Polo: Enseñar con corazón en su primera lengua
Para Maribel Polo, la enseñanza no es sólo una profesión, es una vocación. Originaria de Perú, Maribel llegó a Estados Unidos hace 18 años y descubrió Escuela cuando buscaba un colegio bilingüe para sus propios hijos. Los matriculó y, tres años más tarde, aceptó un puesto de profesora en Escuela. Lleva aquí desde entonces, enseñando primer y segundo grado.
"Esas son las edades que realmente me gustan", dice. "Siempre he enseñado a leer, escribir, matemáticas y ciencias, siempre en español".
Antes de venir a Estados Unidos, Maribel enseñó durante muchos años en una escuela católica de Perú y, más tarde, en las escuelas públicas de Denver. Pero fue en la Escuela donde encontró un lugar donde su lengua, cultura y fe no sólo eran aceptadas, sino esenciales.
"Me he quedado aquí porque siento que, como profesora, puedo ayudar de verdad a mi comunidad latina", comparte. "Y Escuela se siente como mi segunda familia. Nos conocemos. Nos apoyamos mutuamente".
Para Maribel, se trata de algo más que compañerismo. Se trata de misión.
"En Escuela, hay un verdadero cuidado e interés en asegurarse de que los estudiantes tengan las herramientas que necesitan para el futuro. Eso es lo que me mantiene aquí".
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